La crisis del COVID dejó patente las limitaciones tanto de recursos materiales como de habilidades humanas para enseñar o aprender a distancia utilizando medios telemáticos. De aquí “teleducación”, dado que el aprendizaje a distancia existía desde tiempo muy anteriores a que aparecieran las tecnologías de telecomunicaciones y la informática.
Un poco de historia del aprendizaje a distancia
Aunque los primeros cursos a distancia respaldados por universidades datan de la última década del siglo XIX, podemos encontrar ejemplos que se remontan mucho más atrás. Por ejemplo, reputados expertos en la materia consideran las cartas que San Pablo escribía a las comunidades Cristianas como un método de educación a distancia.
De hecho, hasta el desarrollo de las telecomunicaciones, la educación a distancia fue comúnmente conocida como “educación por correspondencia”. El avance de la ciencia y la tecnología, permitió mejorar los contenidos de aprendizaje que se remitían. De los manuscritos se pasó a fotografías, películas, discos de vinilo, cintas de casete, emisiones de radio o televisión, CDs, DVDs … hasta llegar a nuestros días donde podemos buscar, visionar y descargar una inmensidad de contenido a través de internet.
El avance no ha sido únicamente en cuanto a contenidos. Lo más relevante atañe a las posibilidades de interactuación, lo que a su vez ha originado nuevas metodologías didácticas. Al contrario de lo que le ocurría a San Pablo o en los primeros cursos por correspondencia de finales del XIX, con los medios actuales, la teleducación nos permite actuar de manera síncrona.
Del mismo modo, los medios actuales nos permiten no ser excluyentes, en el sentido de poder combinar al mismo tiempo alumnos que acuden a clase de manera síncrona en remoto, con otros que lo hacen en presencial. Este fue precisamente el enfoque que con notable éxito aplicamos en la UCJC para limitar el aforo y cumplir con las medidas de prevención necesarias durante la pandemia.
La utilidad de la teleducación
Existen multitud de razones que van mucho más allá de una gran calamidad, para enfocarnos en la teleducación desde las edades más tempranas, como un componente didáctico más y no como un sucedáneo o sustitutivo al que no tenemos más remedio que optar cuando todo lo demás falla.
Bien es cierto que no se debe menospreciar la teleducación como un recurso ante incidentes, pero existen algunos mucho más frecuentes y de mucho menor calado, que no se suelen considerar. Entre ellos, se podría evitar que los alumnos se saltaran clases por una enfermedad menor o por problemas de transporte.
El alumno podría conectarse en remoto de manera síncrona mientras el resto de sus compañeros lo hacen presencialmente. A este respecto, es de esperar que los avances en realidad virtual y aumentada hagan que la sensación de conexión en remoto se difumine cada vez más, generando entornos completamente inmersivos.
En lo que respecta a situaciones de mayor gravedad, pero a nivel localizado, como alumnos que están sufriendo acoso escolar o una catástrofe meteorológica, como la DANA que asoló hace unos meses o la recuperación tras el apagón del 28 de abril de 2025; la integración de la teleducación permitiría a los alumnos conectarse a su clase (ya fuera presencial o en una clase virtual) o a la de otra institución para continuar su formación.
En todo caso, existen multitud de beneficios y circunstancias más allá de incidentes y calamidades que hacen necesaria la integración de la teleducación en todos los niveles educativos, integrándose como una herramienta didáctica más. Debemos luchar contra la común percepción de considerar la teleducación como un mero remedio ante problemas de ubicación o de horario.
Teleducación desde primaria
Integrar la teleducación en primaria constituye el primer paso para que nuestros alumnos aprendan a relacionarse y cooperar a distancia. En un mundo donde las barreras para que empresas y profesionales de todo el mundo puedan trabajar conjuntamente van desapareciendo a marchas forzadas, no podemos permitirnos que nuestros alumnos queden a la zaga.
La interacción presencial es fundamental, pero hoy en día la interacción a distancia también lo es. Los alumnos deben estar preparados tanto a nivel tecnológico como en sus habilidades sociales que deberán poner en juego en contextos multidisciplinares y multiculturales.
Avanzar en la adopción de la teleducación permitirá a los alumnos realizar estancias virtuales en clases que se estén impartiendo en cualquier lugar del mundo, fomentando el aprendizaje colaborativo y colectivo en entornos muy diversos.
De esta circunstancia pueden deducirse beneficios muy evidentes como los relativos al aprendizaje de idiomas, generación de redes de contactos o la adquisición de habilidades tecnológicas derivadas de la necesidad de emplear el hardware y el software necesario para posibilitar la teleducación.
Existen otros que pueden ser algo más difíciles de percibir, aunque no por ello menos importantes. Entre estos destacaría los ligados al desarrollo personal, haciendo que los alumnos salgan de su zona de confort y se adapten a otras formas de pensar o la capacidad para brindar soporte emocional a alumnos que estén pasando por momentos desagradables.
Barreras para el impulso de la teleducación
La teleducación posibilita pero también requiere un cambio profundo en las metodologías didácticas. Los profesores no solo deben familiarizarse con los medios técnicos, deben aprender a impartir clase empleando los mismos y teniendo en cuenta el impacto que el uso de estos tiene en los alumnos.
La situación es compleja, dado que los cambios tecnológicos se suceden cada vez más rápido y de forma explosiva. Cuando todavía nos estábamos adaptando a lo que suponen las redes sociales para la educación, de repente irrumpe la inteligencia artificial generativa y el “tablero de juego” vuelve a sufrir una transformación radical.
Mi sensación es que el impulso que el COVID dio a la teleducación en el ámbito de la enseñanza reglada ha perdido prácticamente toda su fuerza. Respecto a la enseñanza no reglada, este impulso parece perdurar, aplicándose a todo tipo de conocimientos y habilidades, algunas tan curiosas y aparentemente complicadas de tratar a distancia como las artes marciales.
Probablemente esta diferencia se deba a la oportunidad de negocio que la teleducación da a las instituciones, habitualmente empresas privadas, que imparten formación no reglada; junto con el hecho de que la formación reglada precisa de un marco legal, con toda la dificultad que esto conlleva.
Cuando se habla de enseñanza híbrida, el entendimiento común es la mezcla de sesiones on-line y a distancia en un porcentaje determinado. La hibridación real es aquella donde los alumnos que se conectan en remoto y los que se conectan a distancia pueden recibir una educación de calidad.
La formación continua del profesorado, el coste de adquisición de equipos y el desarrollo de una marco regulatorio que facilite la integración de la teleducación en cualquier nivel formativo, son probablemente las tres barreras principales a superar. En el contexto y con el rumbo actual del mundo, probablemente la decisión más acertada sería que la teleducación se incluyera con carácter obligatorio en todos los niveles educativos de la enseñanza reglada.
Ni que decir tiene que la interacción, la experiencia de usuario y la usabilidad son claves al afrontar cualquier proyecto de teleducación, tanto por la parte del entorno (LMS) como especialmente de los propios contenidos (reusabilidad, calidad de los metadatos, accesibilidad, etc). Dado que la educación es un ámbito con el que estoy completamente familiarizado, no dudes en contactarme si necesitas ayuda al respecto.